Blog, mi escritura con-sentida
En este rincón podrás encontrar textos de mí autoría, ya sean publicaciones, reflexiones personales, uno que otro poema, entre otras expresiones que guardo en el papel.
Publicaciones
En este apartado están los enlaces a las publicaciones científicas y/o de divulgación que he hecho, cabe hacer mención que la mayoría están a mi nombre muerto (Yanina). Para acceder algunos de estos textos, quienes publican solicitan un pago o donativo, pero si alguno de los textos es de tu interés mándame correo y te lo envío adjunto como respuesta.
Poemas
Entre a la expresión emocional, el drama y lo teatral, escribo poemas de verso libre y haiku:
Así escribo yo:
No me importa la extensión del paper, no me importa si aquí iba entrecomillado, en cursivas, a 12 puntos, ni a 1.5 el interlineado.
Ni las calificaciones, las ponencias o las publicaciones... el ego del académico.
Cómo te explico que el rigor de la investigación no me lo da tu comité de gente privilegiada.
Lo que hago no lo motiva el grado o enaltecer el dialogo con lxs teóricxs muertxs. Lo motiva la vida, el diálogo con mi gente, el escribir la narrativa.
A mí me mueve la arrobadora necesidad de la vida digna, digna como la rabia que brota del dolor, digna como la risa que surge en el encuentro con la ironía de las historias de lxs otrxs.
Lxs otrxs que son tan yo, tan yo que ya no son otrxs.
Porque nada de lo humano me es ajeno. Por eso escribo, por eso leo, por eso busco construir. Por eso gestiono, por eso lloro, por eso siento tanto en mi vivir.
2 de mayo 2024
En el vaivén de los días y las largas horas,
el temor que me inspiras y el corazón que adoras,
se encuentra la tormenta que agita y no suelta.
Las calles siguen su ritmo; carros y transeúntes,
palomas, árboles y tiendas,
sin escuchar que voy a tientas,
llorando lágrimas quietas.
Todas las buenas acciones, camaradería y canciones,
parecen lejanas reacciones a las que me aferro con fuerza.
Camino a paso dudoso, el día a día estertoroso,
confiando en el futuro dichoso que siembro en el presente oscuro.
De antropología del gesto y educación
Suenan los timbres al terminar el recreo,
lloriquea un chiquitillo que quiere jugar,
imaginando que, entre el ajetreo,
las aulas fueran un mejor lugar.
El maestro dicta la lección,
las infancias inquietas están,
escribiendo oración tras oración,
siguiendo un triste compás.
Y en esta estampa queda,
llena de cansancio y condena,
el repetitivo acto
de la pedagogía muerta.
Muerta a falta de gesto,
sedienta de autonomía,
exige a gritos el alma mía
que el cuerpo no se arranque del pensamiento,
como hace cada maestro que, sin movimiento,
dicta, lee, grita y disciplina sin conciencia,
ignorando que, cual ciencia,
cada niñx reacciona en su estilo, tiempo y forma,
más allá de lo que dicta la algebrozada
pedagogía en su norma.
Monólogo “¿Sabes dónde puedo colgar mi bandera?”
(Este texto corresponde a una performance donde hago referencia a la población Trans en espacios universitarios)
Hola, vengo algo cansado, y quería pedirles su ayuda ¿saben dónde puedo colgar mi bandera? Esta bandera que traigo pesa bastante, porque bastante es lo que representa, no es poca cosa si nombra a todas las vivencias y narrativas de las personas que así como yo habitamos narrativas trans. Tiene bonitos colores ¿verdad que sí? De azules que pasan a rosas, de rosas que pasan a azules y la blanca, extensa franja de en medio, por toda aquella historia que no es azul o rosa y sigue siendo trans. Las historias de todas estas personas, tienen cabida no sólo en esta bandera, sino en los cuerpos de cada persona trans, estos cuerpos que habitamos de los que tanto se señala y tan poco se empatiza, por eso quiero encontrar dónde colgar la pesada bandera, que sea un espacio donde ondee digna.
Le pregunté a Foucault y me dijo que no podría colgarla, que todas las fuerzas del biopoder con sus montones de tecnologías del yo, no me dejarían, y terminaría destrozada sin importar donde la colgara, no quiero creerle, pero los 59 transfeminicidios y transhomicidios de este 2024 manchan de rojo la bandera mía. Tan determinista, como doloroso es este biopoder para todx aquel que no cabe en el bienestar y desarrollo que procuran sus malditas tecnologías.
Le pregunté a Bordieu, me dijo que quizá la podría colgar cuando el habitus cambie, el habitus social claro, el habitus de género. Que por lo pronto, no, no hay donde.
Le pregunté a Butler y me habló diciendo que performara mi género y quizá por ahí se pueda encontrar dónde ¡pero yo ya lo performo! Justo como manda su receta: actos repetidos todos los días. Con el cabello tan corto posible, con la compresión del pecho y el nombre alemán tan viejo y masculino como pude escoger y aún así no hay ley que reconozca mi bandera... La ley, fui a preguntarle a la ley.
La ley no me dejó preguntarle, ella ni siquiera me vió, como si fuera un cuerpo ausente, aunque me parara de frente al congreso buscando la ley protectora que se afana de querer ser justa, y termina siendo para los cuerpos trans tan verduga como la medicina misma.
Entonces fui con los derechos humanos, dicen que ellos ayudan en estos casos, y me dijeron que sí, que con ellos podría colgar mi bandera, la guardarían en una cajita de cristal y la presentarían en foros y conferencias, para que no se manchara... Esa solución no me gusta, me parece hipócrita evitar que se manche alejándola de todas las personas que representa y hablando en nombre de mi bandera en lugares donde es objeto de discusión muerta, cuando existimos cuerpos vivos que no necesitamos discutirla en impecables auditorios, porque ya la entendemos.
Así que vine aquí a esta universidad que se jacta de construir conocimientos y que en sus salones tiene brillantes mentes a preguntar ¿saben donde puedo colgar mi bandera? Me encontré entre las aulas a Deluze y Guattari, quienes con aire compasivo me contaron el cuento tan bello del cuerpo sin órganos, esta metáfora chulísima para hablar de un panorama donde el cuerpo, todo tipo de cuerpos existen sin categoría ni limitación, ese cuento que parece tan lejano, me inspiró a seguir buscando entre esperanzas y tensiones que no se pueden negar, sé que voy a conseguirlo, sino yo, alguien que entienda y viva esta bandera, de quien sea tan suya como mía, porque se comparte en entera esa ilusión de izarla sin que se manche de más sangre, de discursos vacíos expuestos en cristal. Mientras tanto, me la cuelgo yo, que de sudor no me importa que se manche.
Pregunto una vez más ¿Saben ustedes dónde puedo yo colgar mi bandera?
Hoy, en este cuerpo, me reconozco
(Este poema lo escribí en el proceso de identificarme con una etiqueta transmasculina en el cuerpo gordo que habito)
Largo es el camino recorrido con él,
Este cuerpo me ha cargado
cuando flaqueaban mis fuerzas,
colapsando cuando demasiado le exigí.
Este cuerpo es mío, como yo soy suyo.
Noches enteras pasé, reprochando
errores que nunca fueron suyos.
No soy solo este cuerpo;
soy mis historias, lágrimas, conversaciones, amores.
Aunque en el espejo, siempre está él.
Este cuerpo “alto y tosco” para ser mujer
Demasiado gordo para ser bonita
Este cuerpo que ha sido abusado y juzgado
El cuerpo que aprendí a odiar.
Años arrastrando el peso de este odio
Hasta quedar exhausto de cargar tanto,
Y tanto me cansé que corrí,
Corrí a los bares a bailar al ritmo del disfrute,
corrí a los brazos de mis amigas que me animaban.
A las caricias de los amantes
que adoraban mi cuerpo más de lo que yo podía
Corrí a conocer cada curva y cicatriz como propia
Cada una con su lugar en mi historia.
Concediéndole de a poquito el beneficio de la duda,
Reconocí el cuerpo como algo ni bello ni horrendo,
Sino como algo mío para significar, cambiar,
decorar, cuidar, gozar, sufrir,
VIVIRLO COMO YO DECIDA.
Decido explorar cada oportunidad
Que tengo de conocerme.
Desde el amor y la duda,
Diferentes estilos, colores y cortes de cabello
Han encontrado alojamiento en mí.
Recibo estos cambios de buena gana y
en ellos aprendo lo que me gusta y lo que no,
lo que me enseñaron que era y
lo que verdaderamente soy.
Hoy salgo a fumar, me recargo en la pared,
Veo mi reflejo en un auto estacionado.
El cuerpo gordo que habito me mira extasiado
Veo mi cabello rapado y mis tatuajes,
Veo esta ropa negra que muestra mi piel
y esconde mis pechos,
Hoy, en este cuerpo: me reconozco
Ser trans es triste y bello
No saben las pinceladas de realidades, de matices y colores que encierra la experiencia trans; es verdaderamente hermoso y cruel como experiencia.
Es triste porque siempre cobra un precio. Ser trans se paga todos los días con un dolor más grande de lo que uno se puede imaginar cuando fantasea con esa identidad que se nos negó en la infancia. Se paga con el trato del desconocido, con un maltrato diario de quien no nos conoce pero que deja claro el asco en los ojos ante un “algo”, ya no de un “alguien”. El precio es distinto para cada unx de nosotrxs.
A mí, ser trans me costó muchos amores: el de mis amigas más cercanas, a quienes les pesó más el “difícil proceso de algo que no conozco” que el cariño y la historia de la persona que ya conocían; el amor que yo creía tener de mis hermanos, con el que aparentemente rompí, y el amor cómodo de mi padre, que ahora es acartonado y extraño. Él está ahí, pero incomoda; no sé si más incómodo está él fingiendo esa sonrisa, o yo, al ver cómo la fuerza.
Luego hay costos silenciosos que no suelen sentirse de golpe o en un solo momento, sino que te desgastan como las olas de mar a las rocas en la costa: la pérdida de la sororidad, de esa complicidad femenina en las noches de chismes, en las salidas a bailar, en los llantos de quejas ya sea por la pareja o la madre. Extraño esos abrazos tiernos y completos, extraño esa relación tan profunda que se tenía solo por ser mujer.
Otro precio que duele y que endurece el carácter es la mirada ajena. Esa mirada en las calles por gente que busca diseccionar tu identidad, romperla en mil pedazos para darle sentido, desnudarte con la mirada y encontrar en la carne una explicación que les haga sentido. Esa hambre de saber qué somos destroza la empatía que se tiene hacia otro ser humano, porque sí, para muchas personas ser trans se paga con la dignidad de ser leídx como humanx.
Duele y duele mucho y, a veces, duele todos los días, pero también es bello, hermoso. Ser trans sí, es dejar de lado la humanidad... esa humanidad estática, atada a las reglas, a las normas pesadas sobre los hombros, y ser libre de todo aquello que controla. Y que también duele diferente.
Pagaría ese precio una y otra y otra vez, porque ser trans hace que cambies no solo de vestuario, pronombres, nombre y hasta la manera de ver y tratar el cuerpo, sino que es una obra maestra de construcción consciente, constante y amorosa, donde desde la plena búsqueda de unx mismx se renuncia a lo que no resuena, a lo que no está vivo con ese fuego apasionado que es la identidad real. ¡Es crear, experimentar, jugar! Jugar de la manera más amable consigo mismx, como cuando se es niñx. Conmueve cada momento en que te sientes más tú, más autenticx, más feliz, y no hay explicación detrás, ni juicio, ni razón, ni origen, porque el ser trans se vive, no solo en los pequeños gestos como el corte de pelo o la ropa (que son más poderosos de lo que uno pensaría), sino en el alma.
Lo mejor de todo es que esta fuerza creativa de ser trans es tan potente que crea comunidades y familias completas, unidas no por el lazo coercitivo de la sangre espesa que puede ser condena, sino desde el amor, la compañía y la escucha. Creamos familias no porque tengamos que hacerlo, sino porque elegimos todos los días esas familias tan raras como maravillosas, donde el género no tiene reglas, pero tampoco límites.
Me amo trans y me aman trans.